viernes, 18 de mayo de 2012

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Palabra Digital es una revista digital, con actualizaciones quincenales, íntegramente realizada por cuatro periodistas, egresados de la Escuela Superior de Periodismo (Instituto Grafotécnico). Propone un análisis de los temas más importantes y destacados de la cultura, la política y el ámbito internacional.
Además, incorpora Palabra Digital Radio, un programa en vivo todos los miércoles de 19 a 20 hs.
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lunes, 23 de enero de 2012

Pasando el verano: Refranes: ¿Sabías?

Los dichos populares están siempre presentes.
”Hay gato encerrado”, “a caballo regalado no se le miran los dientes”, entre otras, dónde nacieron y qué significan.
Un remate, una frase, un resumen en pocas palabras. La mayoría las escuchó en boca de abuelas y padres y muchos las usan cotidianamente para sintetizar o simplemente intentar sacarle una sonrisa al otro. A pesar de que todos entienden lo que significan poco se sabe del origen de las frases más utilizadas hoy en día.

Uno de los más comunes es “hay gato encerrado” y suele utilizarse para decir que hay una causa o razón oculta. Su origen se remonta al Siglo de Oro español donde era habitual la utilización de la piel de gatos como bolsas para ocultar dinero de origen desconocido.

“A caballo regalado no se le miran los dientes”,es otra de los dichos populares más usados. La parte final de la locución proviene de una antigua costumbre de revisar la dentadura de los caballos para comprobar el estado de salud del animal.
Alguna vez cuando se quiere decir que no hay ni una cosa ni la otra es casi una costumbre escuchar, “ni chicha ni limonada”. La chicha es una bebida alcohólica que surge de la fermentación del maíz con agua azucarada, de este licor, nace el dicho, es decir, que no hay ni bebida alcohólica ni bebida refrescante.

Mientras tanto en plena organización de una fiesta o evento, en la que se planifican grandes gastos es habitual que se diga hay que “tirar la casa por la ventana”. Esta frase nace en la costumbre que existía en el siglo XIX de tirar, literalmente, por la ventana todos los objetos de una casa cuando alguien ganaba la lotería nacional española.

"No hay tu tía", pero sí explicación

Cuando un problema no tiene solución o alguien se enfrenta a un obstáculo al cual no se le puede encontrar salida es normal el famoso dicho “no hay tu Tía”. Su origen proviene de un medicamento llamado la "atutía" o "tuthía” que utilizaban los árabes para curar todos los males. El dicho deriva de "no hay atutía" y se empleaba para indicar que una enfermedad no tenía remedio ni aplicando ese preparado.

También, es muy frecuente oír decir a las abuelas “a falta de pan buenas, son las tortas” cuando se quiere expresar que hay que conformarse con algo de menos valor al no poder alcanzar el ideal. La expresión se remonta a la antigüedad cuando no había pan recién salido en las panaderías, la gente se tenía que conformar llevándose tortas.

Otra frase, "andar de capa caída", se dice cuando se quiere hacer notar que alguien esta desanimado, abatido. En la época en que los hombres usaban capa, tenerla caída hacia un costado, era síntoma de mal gusto.

En cambio, se acostumbra usar “está armado hasta los dientes”cuando alguien tiene, desde ya, armas por demás; esto se remonta a los antiguos piratas quienes llevaban cuchillos en los dientes cuando abordaban las naves enemigas para tener las manos libres.

Seguro que cuando estos piratas llegaban a la nave enemiga, no faltaría quien gritara “se armó el Tole Tole”. El origen de esta expresión sería el desorden provocado por los judíos ante Poncio Pilatos, pidiéndole que crucificara a Jesús, gritando "¡Tolle, tolle, crucifige eum!" ("¡Quítalo, quítalo, crucifícalo"!).

Otro de los dichos populares más comunes es “a rey muerto, rey puesto”, que significa que nadie es imprescindible y que todo aquel que se fue puede ser remplazado. Su origen proviene de la realeza, en donde cada vez que muere un rey inmediatamente es elegido su sucesor.

miércoles, 4 de enero de 2012

“Sólo sé que no se nada”


¿Quién no se pregunto eso alguna vez? En broma la mayoría de las veces sin embargo, Sócrates no lo dijo con ese sentido. El antiguo filósofo griego creó esta frase para demostrar que él sabia de su ignorancia, así que de esa forma era sabio; los demás no sabían de su estado; el hombre debía conocerse a sí mismo.

Platón, su discípulo, plasmó estas palabras en sus escritos, “La apología de Sócrates” en ella relata el juicio, la condena y la posterior muerte de su maestro.

 Lo irónico es que tantos años después se siga utilizando este pensamiento aunque, otra vez vemos como el tiempo modificó su sentido. Su iniciador lo dijo frente a muchas personas de una forma totalmente distinta, con otro fin que no es el mismo de ahora. Cuando vayamos a utilizarla ya sabemos lo que además significó; resulta importantísimo saber de donde y porqué decimos lo que decimos.

Pablo Ramos presenta, esta vez, su cuento Cuando lo peor haya pasado


“Borracho como el océano"
En cuatro hojas, el autor, describe una discusión de pareja, en determinado momento. A través, de su principal protagonista, Hernán narra la historia y los sentimientos de una persona en recuperación por su adicción al alcohol. Su esposa y su hijo, a quien le ocultan varios hechos, acompañan al hombre.

La acción transcurre en el departamento de la pareja, después de una fuerte discusión, Hernán termina lastimándose. Sin embargo, muchos detalles se agregan y lo más profundo aparece. El lector puede percibir de forma rápida los  estados de ánimo de los protagonistas y el contexto en ese momento. Las palabras continuas de descripción se llevan a cabo en toda la obra, hasta el final; cualquiera puede visualizar las escenas gracias a las tácticas que Ramos utiliza.

El miedo en el cuento es lo que más llama la atención; el de él  a qué pueda hacer, y el de su esposa a los actos de su marido, que debido a la incontinencia a la bebida se maneja violentamente ante todo. Y ella parece ser su descargo, pero evidentemente, Hernán quiere controlarse y no puede. Todo a su alrededor es molesto para él, la televisión, los ruidos. Al principio, se llega a una discusión cotidiana y simple, sin embargo, numerosos indicios demuestran que no. Las actitudes de Hernán se vuelven un pedido desesperado se auxilio; no sabe cómo actuar, cómo pensar, cómo continuar más tranquilo.

El escrito de Pablo Ramos no deja ningún detalle librado al azar y eso lo hace interesante. La violencia una y otra vez se hace presente, pero haciendo que la historia sea totalmente real y muy cercana a fragmentos de nuestra vida.

jueves, 29 de diciembre de 2011

de Muriel Troncoso


 Héctor Libertella y su árbol de Saussure

En un texto donde la referencia a la lectura y a la escritura se hace presente, y todo gira al rededor de la inevitabilidad del vaciamiento del signo (“¿Cómo  asumir las cosas (…) en ese mundo que tiende a la desaparición del signo?”[1]), se establece un cuestionamiento sobre el lenguaje y la literatura. El signo saussureano se encuentra en el centro del ghetto que es grande como el mundo: “La plaza del ghetto se reduce a los límites del ghetto.  Lo único que la distingue es ese árbol plantado en el centro”[2], y se pone en cuestión la implicancia que el signo tiene en el sujeto: “con los ojos perplejos, los parroquianos del bar tampoco saben que ese árbol los está modificando, les está dando una manera de mirar desde la barra (del signo)”.[3] Los parroquianos no pueden reconocer, lo que en términos de Barthes, podríamos considerar como el carácter opresivo de la lengua: “El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que hay en la lengua, porque olvidamos que esta lengua es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva”,[4]  es decir, la acción rectora de la lengua, y la fatal  relación de alienación que produce.

  El árbol de Saussure presenta una indeterminación genérica (los géneros también parecen borrarse como el signo, o se revolucionan: hay cuadros, escenas, fragmentos, además de las alusiones al psicoanálisis, a la arquitectura, a la pintura, etc.) acompañada por  una sobreabundancia de citas. Philippe Sollers propone: “El concepto de intertextualidad (Kristeva) es ahora esencial: todo texto está citado en la confluencia de varios textos. La inter-textualidad es a la vez relectura, acentuación, condensación, desplazamiento y profundidad de esos textos”.[5] Las citas en el libro se constituyen en lo que un escritor sueña, en el paradigma que un mono puede dibujar, en lo que un loro piensa, presentación de temas a cuestionar, respuestas a preguntas que surgen en el texto, o la pregunta a la que el libro quiere responder. Y como propone Perlongher: “Más que por su fidelidad a un modelo, estas escrituras trabajarían como operadoras de una multitud de flujos rizomáticos (Deleuze y Guattari). Flujo de palabras de imágenes de materiales de la más diversa procedencia”.[6] Citas que parecen, de alguna manera, alterar el lugar del escritor, y que le permiten figurarse, también, como lector. Y es que el lugar del sujeto se encuentra alterado, también, en el ghetto: el semejante es el Otro, el prójimo es el doble, y yo es otro. Porque “en este lugar nada funciona del lado de la tradición cabalista del nombrar u organizar como un sol el nombre propio, sino mejor del lado de la tradición lunática de la poesía”[7], y quien mantenga la costumbre de nombrar las cosas, como el partero, será visto como un extravagante. Lo que sucede es que la inversión del signo y la revolución del lenguaje alteran la realidad del ghetto (como si se intentará comprobar el axioma de que cambiar el lenguaje significa cambiar el mundo, lo que Barthes reconoce como la “función utópica del lenguaje”[8]): el arquitecto que mide vacios y no construye edificios, el pescador que tira su red pero sin el objetivo de pescar, el tiempo es visible y palpable, se puede canjear sueño por realidad. Y es que hasta la idea de mercado va a ser invertida: “Allí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, allí se constituye un mercado”,[9] ya que se anula la exigencia de la masividad, y los escritores son pobres posicionales porque  en el canje de los productos no es el valor la referencia, y el dinero ya no vale como símbolo, la analogía ha cedido el lugar a la homología; el mercado va a funcionar en relación a la supervivencia y no al éxito de venta. Pues la literatura es: “un fantasma siempre un poco ilegible entre las líneas del mercado”.[10]

Y  entre estas cosas, el vaciamiento del signo va a poner en cuestión, también, la idea de interpretación y  de representación del lenguaje: “(las cosas) están ahora absolutamente sujetas, abandonadas a su ser así. El árbol del ghetto  ya no modifica  a los parroquianos del bar”,[11] todo se vuelve puro significante. Y es que el vaciamiento del signo permite pensar la posibilidad de liberarse de la acción rectora de la lengua, y es la literatura la que permite, como propone Barthes, “pensar la lengua fuera del poder”.[12]  Leemos en Libertella: “De vuelta a la literatura, ella en cambio no es un pensamiento. ¿Qué decir, si no, de esa zona siempre un poco resistente a la interpretación? Aquella imagen de un tronco con ramas, desligada de la noción habitual de árbol, no existiría sin más, para Nahmánidas. O sólo pertenece al impensable orden de la mística o bien se integra a la lectura racional y laica del signo”.[13] Es entonces, la literatura (que Barthes considera como una revolución permanente del lenguaje)  el primer espacio donde se podría romper con la comunicabilidad del lenguaje que pone en primer lugar el papel de la interpretación, y fundamentalmente de la representación. Lo que sucede es que: “Después de Saussure, algo de tipo atmosférico en nuestra manera de leer (como si se tratara de un fenómeno natural) puede hacer del signo también un espejismo”.[14] Y la idea de la representación es algo que aparece pensado también en relación al ámbito de la pintura. Pues, ¿cuál es lugar del pintor abstracto y qué es lo que define su mirada? Para Winfred Hassler, “la arbitrariedad del signo nos ha hecho arbitrarios. Y esto es probable. Pero la ausencia del signo no nos hará ausentes, sino más concretos”.[15] Cuando el árbol de Saussure se esfuma como idea, Kandisky traza “con una sola línea y un pincel de hueso (del hueso de su mano) toda la aldea”.[16]

En el libro sobresale la  particularidad y peculiaridad de la escritura de Libertella: una escritura cerrada, hermética, misteriosa, que como la del juglar: “ni dice, ni oculta, sino hace señales”.[17] Y  la podemos relacionar con  lo propuesto por Néstor Perlongher  cuando opina sobre el proyecto de escritura del autor: “tentativas de romper esa especie de comunicabilidad pura del lenguaje, como transparencia, como instrumento, todo ese enfoque”,[18] romper con el lenguaje claro, transparente y entendible, como el discurso jerárquico del rey. Es lo que Perlongher considera, entonces, “Literaturas de lenguaje”  que parecen proponer cierta sensación de ininteligibilidad, un hermetismo asumido, un intento de subvertir lo que sería el uso natural de las cosas, “contraponiéndose a la previsibilidad del lenguaje comunicativo”.[19]

Si podemos pensar  el ghetto como una representación del lenguaje, se nos presenta como inevitable la imposibilidad de escaparse de sus límites; y la imposibilidad de libertad, si pensamos en Barthes, ya que para él “no puede haber libertad, sino fuera del lenguaje”.[20] El  ghetto no es un espacio, según propone Libertella, sino que es como una mancha desde la cual brotaron objetos y figuras: “el Rhesus quiere dar un paseo por la jungla de la Aldea, pero no sabe cómo salir porque los bordes de la mancha no son una muralla que uno pudiera atravesar para pensarse afuera. Si hay límite, acaso es una división que sólo estimula su deseo de pasear lo más extensamente adonde le esté permitido. Y hasta es posible que, según el tamaño de ese deseo, el ghetto sea más grande que la Aldea Global conjunto”.[21] Pero el vaciamiento del símbolo, el hecho de que el árbol se haya esfumado, implica el fin: “los paradójicos loros repiten al infinito la palabra FIN”, la comprobación de que el futuro ya fue,  anula la posibilidad de una utopía, y se llega a la comprobación de la imposibilidad de una literatura que se constituya fuera los límites y la lógica de la lengua, de la moda, del mercado y por sobre toda, de la representación e interpretación: “Ella (la literatura) es – concluye Hassler- como el eco de un sonido que todavía no se produjo, o que jamás ocurrirá”.[22]

BIBLIOGRAFÍA:

-         Barthes, Roland, El placer del texto y lección inaugural, Siglo Veintiuno Editores, traducido por Nicolás Rosa y Oscar Terán, Buenos Aires, 2008.

-         Libertella, Héctor, El árbol de Saussure. Una utopía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2000.

-         Perlongher, Néstor, “El neobarroco y la revolución” y “El neobarroco rioplatense”. En: Papeles Insumisos, Edición de Adrián Cangi y Raynaldo Jiménez, Santiago Arco Editores, Buenos Aires, 2004.

-         Sollers, Philippe, “Escritura y revolución. Jacques Henric pregunta a Philippe Sollers”. En: Redacción de Tel Quel, Teoría de conjunto, Editorial Seix Barral, Barcelona.



[1] Hassler, Winfried. Cita que da inicio a El árbol de Saussure. Una utopía.
[2] Libertella, Héctor, El árbol de Saussure. Una utopía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2000, pág. 19.
[3] Ibid, pág. 53.
[4] Barthes, Roland, El placer del texto y lección inaugural, Siglo Veintiuno Editores, traducido por Nicolás Rosa y Oscar Terán, Buenos Aires, 2008, pág. 95.
[5] Sollers, Philippe, “Escritura y revolución. Jacques Henric pregunta a Philippe Sollers”. En: Redacción de Tel Quel, Teoría de conjunto, Editorial Seix Barral, Barcelona, pág. 91.
[6] Perlongher, Néstor, Papeles Insumisos, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2004, pág. 228.
[7] Libertella, Héctor, op. cit. supra, nota 2, pág. 24.
[8] Bathes, Roland, op. cit. supra, nota 4, pág. 102.
[9]  Libertella, Héctor, op. cit. supra, nota2, pág. 94.
[10] Pol, Jean, Les paradoxes du savoir, Moultenc, Paris, 1992, pág. 42. Citado en El árbol de Saussure, pág. 21.
[11] Libertella, Héctor, op. cit. supra, nota 2, pág. 97.
[12] Barthes, Roland, op. cit. supra, nota 4, pág. 97.
[13] Libertella, Héctor, op. cit. supra, nota 2, pág. 56.
[14] Ibid, pág. 78.
[15] Hassler, Winfried, Der sinn und die wut, Josepin Verlag, Berlin, 1997, p. 16. Citado en El árbol de Saussure, pág. 89.
[16] Libertella, Héctor, op. cit., supra, nota 2, pág. 98.
[17] Ibid, pág. 59.
[18] Perlongher, Néstor, op.cit. supra, nota 6, pág. 281.
[19] Ibid, pág. 227.
[20] Barthes, Roland, op. cit. supra, nota 4, pág. 96.
[21] Libertella, Héctor, op. cit supra, nota 2, pág. 35.
[22] Ibid, pág. 100.

de Muriel Troncoso


"Tempora mutantur et nos mutantur in illis"[1], dice un proverbio latino. El hecho inevitable de que los tiempos cambien, pareciera implicar a su vez la imposibilidad de que nosotros sigamos siendo los mismos. Además quién no quisiera mutar constantemente en estos tiempos de velocidad vertiginosa. Pero cuánto daríamos a veces por tener un minuto de paz, silencio, oscuridad y calma para meditar quién somos realmente. Porque en ocasiones nos sentimos más extraños y ajenos a nosotros mismos que lo que nos pueden resultar esas personas que pasan por nuestros ojos y oídos a través de la pantalla de televisión. Parece que en la época de la globalización saber quién es uno resulta cosa de intrépidos o de valientes. La vida nos pasa por delante en un segundo, un suspiro o un comercial. ¡Deténgala! Si en algo no debe perder el tiempo es en contarle a la vida qué quiere usted de ella...pero la vida, como toda mujer le pedirá algo a cambio. Las cosas no se regalan, dicen las mamás y tienen razón. Negocie con la vida, y recuerde que aunque los tiempos cambien, lo único que la vida nos pide es que sigamos siendo los mismos...para que eso que le pedimos en un principio, cuando lo consigamos, aunque demore y sea difícil, siga valiendo la pena.









[1] “Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos”. Proverbio latino.