Héctor Libertella y su árbol de Saussure
En
un texto donde la referencia a la lectura y a la escritura se hace presente, y
todo gira al rededor de la inevitabilidad del vaciamiento del signo
(“¿Cómo asumir las cosas (…) en ese
mundo que tiende a la desaparición del signo?”[1]),
se establece un cuestionamiento sobre el lenguaje y la literatura. El signo
saussureano se encuentra en el centro del ghetto que es grande como el mundo: “La
plaza del ghetto se reduce a los límites del ghetto. Lo único que la distingue es ese árbol
plantado en el centro”[2], y
se pone en cuestión la implicancia que el signo tiene en el sujeto: “con los
ojos perplejos, los parroquianos del bar tampoco saben que ese árbol los está
modificando, les está dando una manera de mirar desde la barra (del signo)”.[3]
Los parroquianos no pueden reconocer, lo que en términos de Barthes, podríamos
considerar como el carácter opresivo de la lengua: “El lenguaje es una
legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que hay en la lengua,
porque olvidamos que esta lengua es una clasificación, y que toda clasificación
es opresiva”,[4]
es decir, la acción rectora de la lengua,
y la fatal relación de alienación que
produce.
El árbol
de Saussure presenta una indeterminación genérica (los géneros también
parecen borrarse como el signo, o se revolucionan: hay cuadros, escenas, fragmentos,
además de las alusiones al psicoanálisis, a la arquitectura, a la pintura, etc.)
acompañada por una sobreabundancia de
citas. Philippe Sollers propone: “El concepto de intertextualidad (Kristeva) es ahora esencial: todo texto está
citado en la confluencia de varios textos. La inter-textualidad es a la vez
relectura, acentuación, condensación, desplazamiento y profundidad de esos
textos”.[5]
Las citas en el libro se constituyen en lo que un escritor sueña, en el
paradigma que un mono puede dibujar, en lo que un loro piensa, presentación de
temas a cuestionar, respuestas a preguntas que surgen en el texto, o la
pregunta a la que el libro quiere responder. Y como propone Perlongher: “Más
que por su fidelidad a un modelo, estas escrituras trabajarían como operadoras
de una multitud de flujos rizomáticos
(Deleuze y Guattari). Flujo de palabras de imágenes de materiales de la más
diversa procedencia”.[6] Citas
que parecen, de alguna manera, alterar el lugar del escritor, y que le permiten
figurarse, también, como lector. Y es que el lugar del sujeto se encuentra
alterado, también, en el ghetto: el semejante es el Otro, el prójimo es el
doble, y yo es otro. Porque “en este
lugar nada funciona del lado de la tradición cabalista del nombrar u organizar
como un sol el nombre propio, sino mejor del lado de la tradición lunática de
la poesía”[7], y
quien mantenga la costumbre de nombrar las cosas, como el partero, será visto
como un extravagante. Lo que sucede es que la inversión del signo y la
revolución del lenguaje alteran la realidad del ghetto (como si se intentará
comprobar el axioma de que cambiar el lenguaje significa cambiar el mundo, lo
que Barthes reconoce como la “función utópica del lenguaje”[8]): el
arquitecto que mide vacios y no construye edificios, el pescador que tira su
red pero sin el objetivo de pescar, el tiempo es visible y palpable, se puede
canjear sueño por realidad. Y es que hasta la idea de mercado va a ser
invertida: “Allí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, allí se
constituye un mercado”,[9] ya
que se anula la exigencia de la masividad, y los escritores son pobres posicionales porque en el canje de los productos no es el valor
la referencia, y el dinero ya no vale como símbolo, la analogía ha cedido el
lugar a la homología; el mercado va a funcionar en relación a la supervivencia
y no al éxito de venta. Pues la literatura es: “un fantasma siempre un poco ilegible entre las líneas del mercado”.[10]
Y
entre estas cosas, el vaciamiento del
signo va a poner en cuestión, también, la idea de interpretación y de representación del lenguaje: “(las cosas)
están ahora absolutamente sujetas, abandonadas a su ser así. El árbol del
ghetto ya no modifica a los parroquianos del bar”,[11]
todo se vuelve puro significante. Y es que el vaciamiento del signo permite
pensar la posibilidad de liberarse de la acción rectora de la lengua, y es la
literatura la que permite, como propone Barthes, “pensar la lengua fuera del
poder”.[12] Leemos en Libertella: “De vuelta a la
literatura, ella en cambio no es un pensamiento. ¿Qué decir, si no, de esa zona
siempre un poco resistente a la interpretación? Aquella imagen de un tronco con
ramas, desligada de la noción habitual de árbol,
no existiría sin más, para Nahmánidas. O sólo pertenece al impensable orden de
la mística o bien se integra a la lectura racional y laica del signo”.[13]
Es entonces, la literatura (que Barthes considera como una revolución
permanente del lenguaje) el primer
espacio donde se podría romper con la comunicabilidad del lenguaje que pone en
primer lugar el papel de la interpretación, y fundamentalmente de la
representación. Lo que sucede es que: “Después de Saussure, algo de tipo
atmosférico en nuestra manera de leer (como si se tratara de un fenómeno
natural) puede hacer del signo también un espejismo”.[14] Y
la idea de la representación es algo que aparece pensado también en relación al
ámbito de la pintura. Pues, ¿cuál es lugar del pintor abstracto y qué es lo que
define su mirada? Para Winfred Hassler, “la arbitrariedad del signo nos ha
hecho arbitrarios. Y esto es probable. Pero la ausencia del signo no nos hará
ausentes, sino más concretos”.[15]
Cuando el árbol de Saussure se esfuma como idea, Kandisky traza “con una sola
línea y un pincel de hueso (del hueso de su mano) toda la aldea”.[16]
En
el libro sobresale la particularidad y
peculiaridad de la escritura de Libertella: una escritura cerrada, hermética,
misteriosa, que como la del juglar: “ni dice, ni oculta, sino hace señales”.[17] Y
la podemos relacionar con lo propuesto por Néstor Perlongher cuando opina sobre el proyecto de escritura
del autor: “tentativas de romper esa especie de comunicabilidad pura del
lenguaje, como transparencia, como instrumento, todo ese enfoque”,[18]
romper con el lenguaje claro, transparente y entendible, como el discurso
jerárquico del rey. Es lo que Perlongher considera, entonces, “Literaturas de
lenguaje” que parecen proponer cierta
sensación de ininteligibilidad, un hermetismo asumido, un intento de subvertir
lo que sería el uso natural de las cosas, “contraponiéndose a la previsibilidad
del lenguaje comunicativo”.[19]
Si
podemos pensar el ghetto como una
representación del lenguaje, se nos presenta como inevitable la imposibilidad
de escaparse de sus límites; y la imposibilidad de libertad, si pensamos en
Barthes, ya que para él “no puede haber libertad, sino fuera del lenguaje”.[20]
El ghetto no es un espacio, según
propone Libertella, sino que es como una mancha desde la cual brotaron objetos
y figuras: “el Rhesus quiere dar un paseo por la jungla de la Aldea, pero no
sabe cómo salir porque los bordes de la mancha no son una muralla que uno
pudiera atravesar para pensarse afuera.
Si hay límite, acaso es una división que sólo estimula su deseo de pasear lo
más extensamente adonde le esté permitido. Y hasta es posible que, según el
tamaño de ese deseo, el ghetto sea más grande que la Aldea Global conjunto”.[21]
Pero el vaciamiento del símbolo, el hecho de que el árbol se haya esfumado, implica el fin: “los paradójicos loros
repiten al infinito la palabra FIN”, la comprobación de que el futuro ya fue, anula la posibilidad de una utopía, y se llega
a la comprobación de la imposibilidad de una literatura que se constituya fuera
los límites y la lógica de la lengua, de la moda, del mercado y por sobre toda,
de la representación e interpretación: “Ella
(la literatura) es – concluye
Hassler- como el eco de un sonido que
todavía no se produjo, o que jamás ocurrirá”.[22]
BIBLIOGRAFÍA:
-
Barthes, Roland, El placer del texto y lección inaugural, Siglo Veintiuno Editores,
traducido por Nicolás Rosa y Oscar Terán, Buenos Aires, 2008.
-
Libertella, Héctor, El árbol de Saussure. Una utopía,
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2000.
-
Perlongher, Néstor, “El neobarroco y la revolución” y “El neobarroco rioplatense”.
En: Papeles Insumisos, Edición de
Adrián Cangi y Raynaldo Jiménez, Santiago Arco Editores, Buenos Aires, 2004.
-
Sollers, Philippe, “Escritura y
revolución. Jacques Henric
pregunta a Philippe Sollers”. En: Redacción de Tel Quel, Teoría de conjunto, Editorial Seix
Barral, Barcelona.
[1]
Hassler, Winfried. Cita que da inicio a El
árbol de Saussure. Una utopía.
[2]
Libertella, Héctor, El árbol de Saussure.
Una utopía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2000, pág. 19.
[3] Ibid, pág. 53.
[4]
Barthes, Roland, El placer del texto y
lección inaugural, Siglo Veintiuno Editores, traducido por Nicolás Rosa y
Oscar Terán, Buenos Aires, 2008, pág. 95.
[5]
Sollers, Philippe, “Escritura y revolución. Jacques Henric pregunta a Philippe Sollers”. En: Redacción de Tel
Quel, Teoría de conjunto, Editorial
Seix Barral, Barcelona, pág. 91.
[6] Perlongher,
Néstor, Papeles Insumisos, Santiago
Arcos editor, Buenos Aires, 2004, pág. 228.
[7]
Libertella, Héctor, op. cit. supra,
nota 2, pág. 24.
[8]
Bathes, Roland, op. cit. supra, nota
4, pág. 102.
[9] Libertella,
Héctor, op. cit. supra, nota2, pág.
94.
[10]
Pol, Jean, Les paradoxes du savoir,
Moultenc, Paris, 1992, pág. 42. Citado en El
árbol de Saussure, pág. 21.
[11] Libertella,
Héctor, op. cit. supra, nota 2, pág.
97.
[12]
Barthes, Roland, op. cit. supra, nota
4, pág. 97.
[13]
Libertella, Héctor, op. cit. supra,
nota 2, pág. 56.
[14] Ibid, pág. 78.
[15] Hassler, Winfried, Der sinn und die wut, Josepin Verlag,
Berlin, 1997, p. 16. Citado en El árbol de Saussure, pág. 89.
[16]
Libertella, Héctor, op. cit., supra,
nota 2, pág. 98.
[17] Ibid, pág. 59.
[18] Perlongher,
Néstor, op.cit. supra, nota 6, pág.
281.
[19] Ibid, pág. 227.
[20]
Barthes, Roland, op. cit. supra, nota
4, pág. 96.
[21]
Libertella, Héctor, op. cit supra,
nota 2, pág. 35.
[22] Ibid, pág. 100.
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